Placeres

Dime qué comes y te diré quién eres

Los seguidores de la comida saludable, todos tienen una razón para seguir su doctrina.

 

Libros de cocina elevados al nivel de Biblias, cocineros convertidos en los nuevos gurúes. La alimentación es el nuevo culto en las sociedades occidentales; un hype con reglas y un vocabulario propio. Constantemente surgen nuevas dietas o formas de alimentación. Al ciudadano de a pie le resulta cada vez más difícil distinguir entre lo vegano, lo ovolactovegetariano, los alimentos que contienen lactosa, fructosa o glúten; reconocer qué es la comida vegetariana, lacto vegetariana, sana o saludable; diferenciar una dieta low carb, de otra macrobiótica; diferenciar lo orgánico de lo omnívoro, lo flexitariano del crudivorismo.

La aceptación de estos neologismos se aceleró tanto, que la Real Academia Española debió introducir a su diccionario algunos de esos conceptos. Un acto tan normal, necesario y natural del mundo como comer es hoy un objeto de reflexión, de estudio y hasta de concienzudos análisis antes de sentarse a la mesa. Comer se ha convertido en un sello personal, un lifestyle clasificado entre lo “in” y lo “out”, en la nueva manera de hacer valer su identidad para distinguirse del resto. Comer es visto y entendido como una cuestión de estatus social. Yo soy lo que como; un principio que se representa con la misma vehemencia como quien deba defender una tesis doctoral ante una mesa de exámenes.

Un creciente número de consumidores está procurándose alimentos que transmitan una sensación de bienestar, reduzcan el sufrimiento de los animales evitando consumir sus carnes, protejan el medio ambiente al máximo. O que no hayan sido ultratransformados, es decir que estén listos para su consumo inmediato porque fueron producidos industrialmente. Si esa forma de alimentarnos además puede contribuir a mantenernos en forma, tanto mejor. Comer se ha vuelto una cuestión ética, de belleza corporal, un asunto filosófico que satisfaga a nuestros principios e ideales; una tendencia que acompaña las modas que se van instalando. El simple acto de comer ha transformado la vida de los individuos. Millones de personas cambiaron radicalmente su estilo de vida desde que decidieron modificar sus costumbres alimenticias. Hasta la comida rápida es reinterpretada en Occidente. Por supuesto que no es lo mismo una hamburguesa de una cadena estadunidense que un plato de street food al estilo vietnamita o tailandés. Los festivales culinarios, a los que el público asiste masivamente, se han convertido en los nuevos templos del buen vivir y en un excelente negocio para sus organizadores.

Las convicciones alimenticias alteraron las costumbres a un punto tal, que las amistades se eligen en función de esas semejanzas. Ahí están, por ejemplo, los militantes fundamentalistas de una u otra corriente que dejaron de frecuentar viejos amigos porque no toleran, por ejemplo, el consumo de carnes animales. Los veganos también tienen sus propias fracciones: están los éticos, los ambientalistas y los dietéticos. Todo bajo un telón de fondo en el que la ciencia no ha avanzado aún lo suficiente como para afirmar de manera irrefutable cuál de todas las variantes de alimentación es la más sana. Puede afirmarse en cambio con certeza desde el punto de vista empírico, que la mejor manera de alimentarse es hacerlo variadamente y con la mayor cantidad posible de verduras.

La nueva filosofía de vida basada en estas creencias alimenticias va incluso más allá del simple acto de ingerir un alimento. No poca gente ha dejado de frecuentar los supermercados privilegiando su compra en los mercados, ferias y granjas. Los grandes almacenes son percibidos como aliados estratégicos de las multinacionales de la alimentación con sus productos cargados de azúcar, aditivos, colorantes, sal o pesticidas. Un adicto a esas corrientes que dispusiera del tiempo y los recursos necesarios optaría por amasar el pan en su casa, untarlo con alguna mermelada igualmente casera a base de frutas orgánicas compradas al productor en su quinta, adquirir los productos lácteos directamente en el establecimiento que los elabora y hasta, de ser posible, ordeñando a la vaca.

Aumentan permanentemente los adeptos al culto de la alimentación sana, especialmente entre los millenials. Los alimentos y los utensilios de cocina son los nuevos paradigmas de nuestro tiempo. La publicidad se embarcó tempranamente en esta nueva corriente. Estudios recientes revelaron que la sola búsqueda de contenidos con la palabra “food” (alimento) en la red social Instagram arrojó 220 millones de resultados. De acuerdo con el motor de búsqueda Google, las búsquedas de la palabra “vegano”, solamente en idioma español, aumentaron en 2015 un 32% más que en el año inmediatamente anterior. Estudios realizados en países europeos revelaron que el 21% de los jóvenes hasta 25 años observan una alimentación vegetariana, y el 4% son veganos.

Un creciente número de consumidores está procurándose alimentos que transmitan una sensación de bienestar, que reduzcan el sacrificio de animales. Ilustración: Mario Balderrama

 

No hay pruebas científicamente concluyentes de que alimentarse siguiendo un método determinado contribuya a una vida más larga. Algunos expertos en el tema aseguran que los japoneses son más longevos que otros pueblos por sus hábitos alimenticios, pese a que el arroz –su principal fuente de alimentación- podría estar contaminado con ácidos arsénicos según recientes estudios del Instituto Nacional de la Salud y la Investigación Médica de Francia. Otros expertos vuelcan su mirada sobre los pueblos originarios por creer que la dieta de los indígenas indoamericanos sería la más nutritiva . Orientarse se está volviendo cada vez más difícil.

El secreto de toda alimentación sana radica en su dosificación y en el equilibrio de los alimentos que se consumen. Estudios del INSEM demostrarán próximamente que los riesgos asociados al consumo de fiambres disminuyen considerablemente si son acompañados de una ingesta muy importante de frutas y verduras ricas en antioxidantes variados. Por otro lado, la ciencia ha probado que una alimentación deficiente conduce, ya no a infecciones como en el pasado, sino a enfermedades crónicas.

Pero entonces, a quién creerle y qué reglas seguir antes de llevar el tenedor a la boca? Cuál es la verdad? Más allá de las tendencias alimentarias temporarias, existen otros factores que inciden sobre una vida sana:  la genética, el ruido, el estrés, la falta de sueño, el consumo de alcohol, tabaco o la contaminación del aire son los principales. Preparémonos para los debates, y la muy posible moda a la que dará lugar la entomofagia, como se denomina al consumo de insectos por los seres humanos, después de que la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación considerara que ese complemento alimenticio para dos mil millones de personas tiene un alto valor nutricional.

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Periodista. Autor del libro “JORGE: encuentros con alguien que no quería ser Papa”, biografía del papa Francisco editado en alemán. Nació en Argentina pero vivió la mayor parte de su vida en Alemania, donde trabajó durante muchos años para la Deutsche Welle, entre otros medios importantes de Europa. Trabajó como traductor e integró el departamento de medios de AFA (Asociación de Fútbol Argentino). Amante de la radio y de la cultura europea. Y aunque no le gusta que lo mencionen, obtuvo un Martín Fierro como mejor corresponsal de radio, cubriendo la caída del Muro de Berlín.