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Diplomacia cultural: qué es y qué función cumple

En ciertos países, la diplomacia cultural aún conserva rasgos del siglo pasado. Sus acciones suelen restringirse a pasear piezas arqueológicas u obras de arte de sus principales exponentes por los museos, auspiciar a grupos folklóricos y artísticos, a organizar festivales de cine o la participación en ferias literarias.

 

Considerada un instrumento “soft” o blando que los estados utilizan para ejercer influencia, la diplomacia cultural se ha convertido en una herramienta de política exterior de gran importancia. Se trata de un término sumamente abarcativo, ya que en el presente y bajo su paraguas se incluyen aspectos como idioma, cultura, educación, desarrollo, prevención de conflictos y medios.  En el pasado no era infrecuente designar a un escritor o intelectual como embajador para destacar el interés por intensificar la cooperación cultural entre dos países. Las naciones latinoamericanas han sido pioneras en ese campo. Los mexicanos Octavio Paz y Carlos Fuentes, o los chilenos Roberto Ampuero y Antonio Skarmeta fueron embajadores en la India, Francia, México y Alemania, respectivamente. Son apenas algunas menciones de hombres de letras latinoamericanos, extraídas de una extensa lista de intelectuales y artistas hispanoamericanos que transitaron por el servicio exterior de sus países como agregados culturales.

Cierto es que instituciones como la Alianza Francesa, el Instituto alemán Goethe, el British Council, el Instituto Cervantes de España o el portugués Instituto Camoes son las instituciones inmediatamente asociadas con los objetivos culturales de sus respectivos estados. Sin embargo, el aprendizaje idiomático en sus aulas representa una porción irrelevante y minúscula de sus prioridades. Su misión va mucho más allá. De lo que se trata, es que lo conocido como tercer pilar de la diplomacia tradicional sirva para que los individuos puedan forjarse una imagen lo más parecida posible al país en cuestión, con sus encantos y atractivos, pero también con sus realidades más duras y extremas. Para ello, las respectivas cancillerías cuentan con una batería de posibilidades y presupuestos nada desdeñables, que les permiten financiar proyectos tales como la traducción de obras literarias, hasta presentaciones de grupos musicales o participaciones en festivales de cine, teatro o música.

La irrupción de actores relativamente nuevos en el mundo de la diplomacia cultural, como China y Rusia, especialmente en el ámbito de los medios electrónicos, está obligando a los países europeos, percibidos como clásicos exportadores de cultura, a reformular sus prioridades en ese campo. El Instituto Confucio, cuya primera sede en el exterior se inauguró en Seúl en 2004, con el objetivo de promover la enseñanza del idioma chino, la formación de profesores y la promoción de actividades e intercambios educativos, continúa teniendo un notable éxito en el mundo. Más de tres mil universidades suscribieron programas de cooperación para el aprendizaje del idioma chino. México (5), Perú (4) y Brasil (5) son los países latinoamericanos con el mayor número de Institutos Confucio, sobre un total de más de quinientos repartidos por todo el mundo. Su expansión continúa a paso firme.

Rusia está muy activa en el campo de la influencia cultural a través de su canal de televisión internacional Russia Today. Sindicado en varias capitales occidentales como fuente permanente de noticias falsas, este canal “exótico” que busca abrirse paso entre sus mas inmediatos competidores como BBC, Deutsche Welle, TV5 Monde o RTVE cuando menos ha conseguido crear una burbuja a su alrededor y que se lo mencione en los medios, aunque no se lo asocie como un medio ni independiente ni de calidad. Respecto a su influencia entre los televidentes, está muy cuestionado que tenga algún impacto entre el público latinoamericano.

Factores blandos ajenos a la cultura pueden influir sobre la política cultural exterior, por ejemplo la imagen en el extranjero de un país determinado. En el caso de Alemania y Argentina, se ven beneficiados por ser los países que el año pasado encabezaron el ranking de “marca país”, en sus respectivas regiones. El estudio lo llevó a cabo la consultora Future Brand. Según destaca el informe, “con los países ocurre lo mismo que con las marcas: tienen una identidad, una imagen y una reputación basadas en una combinación de factores racionales y emocionales, que trabajan juntos simbólicamente para darle forma a la marca país en la mente de las personas”. En Alemania, donde se acaba de constituir un nuevo gobierno, la diplomacia cultural está llamada a desempeñar un papel más relevante y con más fondos que hasta ahora.

En Francia, el operador cultural de la diplomacia francesa es el Instituto Francés (IF), dependiente del Ministerio de Relaciones Exteriores y financiado, también, por el Ministerio de Cultura. Su presupuesto viene reduciéndose fuertemente año tras año, aunque por primera vez en su historia, en el 2018 no ha vuelto a sufrir recortes. No debe ser confundido con la Alianza Francesa (AF), cuyas misiones son la enseñanza de la lengua, difundir la cultura francesa y fomentar la diversidad cultural. “Constatamos un acento recurrente, fuerte y constante del presidente Emmanuel Macron sobre el rol que debe desempeñar la cultura, incluyendo la promoción de la lengua francesa”, señalaba recientemente a la emisora France Culture, Pierre Buhler, el presidente del IF. Orgullosos de sus bienes y tradiciones culturales, los franceses ven con un comprensible recelo la perspectiva de que los 27 países de la Unión Europea puedan plantearse algún día una diplomacia cultural a escala europea. Lo que existe por ahora son proyectos paneuropeos vinculados más que nada al ámbito de los medios (el canal de noticias Euronews, por ejemplo). En lo que específicamente a Francia se refiere, su canal TV5 Monde pone especial énfasis en la difusión de sus valores culturales a partir del envío de dos producciones diarias y subtituladas de su cine nacional.

En ciertos países, la diplomacia cultural aún conserva rasgos del siglo pasado. Sus acciones suelen restringirse a pasear piezas arqueológicas u obras de arte de sus principales exponentes por los museos, auspiciar a grupos folklóricos y artísticos, a organizar festivales de cine o la participación en ferias literarias. Estos eventos, limitados por la crónica falta de presupuesto, apenas difunden aspectos muy acotados de las raíces culturales. Se tiende a confundir las florecientes industrias culturales de algunos países de la región con diplomacia cultural. En el primer caso hablamos de una política de exportación basada en negocios, en el segundo nos referimos a políticas de estado a largo plazo

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Redacción Notas Libres