Cuento

El libro azul

 

Era una de esas noches de llovizna en la que Pablo se reencontraba con aquella nostalgia casi olvidada, que en más de un desvelo lo acompañó. Mirando por la ventana de su sala silenciosa, inerte, recorría el surco de cada gota que se estrellaba contra el vidrio. Con los ojos perdidos y el pensamiento enjaulado, hacía tiempo que no sentía tanto silencio, tanta paz en su inmensa casa de dos plantas. Los dos baños, la sala de juegos y las tres habitaciones eran como un abismo al que se había desacostumbrado con el correr de los años. La convivencia, la madures y las obligaciones lo plantaron pronto en una realidad que nunca supo cuándo llegó.

Caminó hacia la cocina para prepararse un café. Con casi 40 años, aún podía disfrutar el encanto de la utopía de beber café en solitario, como si fuera aquél bohemio que miraba la vida a través de un cristal. Se paró en medio de esa sala casi en penumbras, sin ningún artefacto encendido. Un viaje de fin de semana lo dejó varado solo con su obligación laboral. Quiso aprovechar ese inmenso suspiro, con algo de temor, pues solo se tenia a él, él y todo lo que eso conllevaba, él y todo lo que la rutina le ayudaba a evitar y esconder. Fue ahí que, desde la biblioteca casi decorativa del diván, un pequeño libro azul le guiñó un ojo a su curiosidad. Pablo lo tomó, lo desempolvó. Era su viejo diario de juventud. Recordó la sensación de escribir, recordó que el solía escribir; pero no supo reconocer el momento en que dejó de hacerlo. Una mueca en su rostro tejió una cómplice sonrisa: “maduré“, se dijo, como un susurro complaciente. Pero no fue ese el regocijo que creyó encontrar, más cuando comenzó a ojear aquellas oraciones, poemas y pensamientos de otro tiempo…

¿Otro tiempo? ¿Por qué fue otro tiempo?— se preguntó.

Y fue casi indignado que recorrió los doce pasos hasta su escritorio rebosante de papeles y, sin levantar la vista de las hojas amarillentas, leyó obsesionado pero como sin mirar, más bien recalculando o reflexionando sobre toda una línea en su historia personal y lo que pudo haberse perdido en el camino. Recordó con fragilidad los momentos épicos en que sus palabras se volvían tinta, momentos en los que soñaba la transformación de sus sueños, viejos lugares, amigos, ideales, amores, de esos que marcan a fuego un instante. Recordó que la nostalgia y la tristeza eran sus alicientes para componer los más avezados versos, su mejor versión siempre fue la libertad y esa soledad casi verduga que lo llevaba a exprimir sus emociones y sensibilidad; eso que lo hacia, según él, ser quien era, en especial en un mundo burdo al que mucho no conocía. Fue en esa vorágine de recuerdos e indignación que tomó la silla por el respaldo y arrojando el viejo libro contra la estructura de cedro, se acomodó, tomó las hojas que encontró y su bolígrafo preferido; disgustado con el tiempo, con él mismo y determinado a no dejarse olvidar, apoyó con firmeza la punta metalizada contra la inmensidad blanca de aquella hoja muda y apresuró el trazo… El trazo que dibujaría su primera palabra después de años, que le devolvería la quietud de su espíritu, su personalidad y su equilibrio del que tanto tiempo escapó.

Pasaron cinco minutos, Pablo permanecía inmóvil y erguido sobre el escritorio, con la hoja aún muda y la tinta ya seca en la punta de su bolígrafo. Ni una palabra brotó, ni consonantes ni vocales encontró. Casi se había tomado toda la taza de café, la lluvia se había detenido, la escena tan armoniosa a estas alturas solo era escenografía…y la interrogante: ¿Qué sucede conmigo, que pasa, por qué ya no puedo escribir? Ahora toda la nostalgia era frustración. Tomó el viejo diario, lo cerró y lo devolvió a la biblioteca. Se levantó, fue a la cocina y de nuevo preparo café, se posó sobre la mesada y pensó detenidamente en lo que había muerto en él. Mientras se lamentaba internamente por todo lo que hubiese podido ser, el silbido de la pava lo despertó del ensueño, aunque la sensación de despojo lo apremió; sabía que ese no era el rudimentario escenario en que vivía, no podía serlo, se negaba a ello.

Al dirigirse de nuevo al escritorio, levantó la vista como buscando claridad, y los detalles lo fijaron en el presente, el que se había esfumado periódicamente. Observó los detalles detrás de él: una foto de sus padres. Hacía mucho no los visitaba. Se sentó en el sofá , un dibujo borroneado y con tres colores que decía “Papá te quiero” lo golpeó en la cara; girando a su mismo escritorio, la dulzura de la sonrisa que solo una mujer enamorada le regala a un hombre: su esposa, la que hacía siete años compartía las buenas y las malas de la gran aventura de su vida… Sus manos,  ya un poco mas desgastadas del trabajo, ése que le recordó el techo sobre su cabeza y hasta el café de su taza…Y toda la explosión de recuerdos de su familia, su hijo de cuatro años, su pequeña sonrisa, la paciencia y amor de su esposa, la gratitud de su empleo y el día a día con sus luchas, sus victorias y derrotas; parado en el centro de la sala del principio, fue que Pablo entendió. Corrió a buscar de nuevo el viejo diario, lo acomodó en el centro de la mesa y tomó un simple lápiz, y escribió en la última hoja, en los últimos renglones: “Pablo, a sus casi cuarenta años, ya no escribe más, no porque haya madurado, o porque no siente tristeza ni nostalgia, ni porque olvidó quién era, sino por una simple razón: su corazón se llenó del brillo de la sonrisa de su hijo, el vacío fue llenado del amor de su esposa y su vida tiene un propósito mas grande que él mismo. Gracias por contenerme en esos momentos, pero hoy mi presente lo escribo sobre hojas de vida todos los días..

PD: Pablo, sé feliz”.

Cerró el viejo libro azul, sorprendido de haber vuelto a escribir tan tenazmente, lo etiquetó con el nombre de su esposa y el de su hijo y lo volvió a guardar en el mismo lugar. Luego, Pablo disfrutó como nunca su café.

Y con la última gota que escurría de los árboles, escuchó el picaporte de la entrada, se le infló el pecho de emoción: su niño lo alcanzó a medio camino del pórtico…

 —¡Papá!—, exclamó. 

En un fundido abrazo con su hijo, alzó su mirada, y con el mismo brillo del pasado en sus ojos, miró a su mujer y lentamente se acercó a ella y le dijo al oído: <<gracias por escribir mi historia. Los amo>>.

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Simplemente soy alguien con un lindo pasatiempo, el de poder expresarme de la mejor forma que he encontrado: mis letras. A veces éstas se hacen plurales pero siempre son propias. Vivo en Mar del Plata. A mis 35 años estoy juntado y tengo un niño de cuatro... y todo lo que soy se transmite a través de mi vida con ellos.