Mientras tanto

LOS TESOROS DE EUROPA Y SUS CAPITALES CULTURALES

Arte, cultura y música abundan en el Viejo Continente. Paris, Barcelona, Roma, Londres y Ámsterdam juegan en las grandes ligas, pero los tesoros europeos están distribuidos por doquier. Localidades y pueblos desconocidos de cualquier país también pueden dar testimonio de una riquísima tradición cultural. ¿Pero alguien escuchó hablar de Pafos? ¿Sabe dónde queda?

Pafos, la antigua capital chipriota ubicada en el suroeste de esta isla mediterránea, compartió en 2017 junto a Aarhus, la segunda ciudad danesa, el honorable título de “Capital Europea de la Cultura”. Esta tradición se inauguró en 1985, y desde entonces auténticas mecas de la cultura como Atenas, Berlín y París recibieron millonarias subvenciones, que con sobradas razones, representaron en diferentes años a la diversidad cultural europea.

Para la geográficamente aislada Pafos, con apenas 67.000 habitantes, convertirse en el centro de las miradas y las expectativas de todo un continente representó el desafío más importante de su milenaria historia. Un millón y medio de euros financió la capital administrativa europea, Bruselas, para la puesta en marcha del proyecto. Fue el presupuesto más exiguo transferido en 32 años a una capital europea de la cultura. Seis millones y medio de euros aportó, por su parte, el estado chipriota. A pocos días de finalizar el año, qué se ha hecho en Chipre con ese dinero, y qué resúmen extraen los responsables de Pafos?

Construir un teatro, crear entornos para la radicación de galerías de arte y colocar a esta pequeña ciudad en el mapamundi cultural, para que una vez que se apaguen las luces de la capitalidad y se retome la normalidad, el público internacional interesado en el arte y la cultura no la haga caer en el olvido.

Quizá lo más trascendente hayan sido los encuentros esporádicos entre los grecochipriotas y los turcochipriotas que, atraídos por la cultura, intentaron bucear en una identidad común que los una. Debe saberse que Chipre es una isla dividida en dos sectores administrada por Grecia y Turquía. Justamente, durante este año, fracasaron las negociaciones diplomáticas llevadas a cabo en Suiza, tendientes a lograr la unión de ambas culturas. Frente a ello adquirió una relevancia especial el proyecto más importante que desplegó Paphos durante su año de culturalidad europea, cuyo epicentro fue la representación de la obra teatral “La Troyana”. Hablamos de historias relacionadas con el tema de la división territorial y política, representada por actrices provenientes de ciudades divididas como Jerusalén, Mostar en Bosnia o la propia Nicosia capital de Chipre.

Un capítulo aparte merece la zigzagueante política cultural europea que se implementa desde Bruselas. Atrás quedaron los tiempos de bonanza económica en que no eran ni una ni dos, sino cinco de una sola vez y en un mismo año, las ciudades que los eurocrátas escogían para que ignotos alcaldes pudieran lucirse con el rimbombante título de Capital Europea de la Cultura. La competencia por ver qué ciudad se alzaba con tan prestigioso premio llegó a parecerse por momentos a la rivalidad por la sede de los Juegos Olímpicos. Así, Barcelona, por ejemplo, nunca logró ostentar tal título aunque sí lo vistió Salamanca.

La idea de una capitalidad cultural debiera tener plena vigencia y estar en estos tiempos más activa que nunca, teniendo en cuenta de que un continente tan diverso como Europa no puede reconocer su identidad exclusivamente porque la mayoría de sus países comparten una moneda común como es el Euro. Los que corren son tiempos de fricciones y fracturas ideológicas muy profundas, que amenazan con debilitar aún mas la de por sí tenue y débil noción europeísta que atraviesa a sus pueblos desde la crisis económica que estalló hace diez años.

En 2018, los ojos de la Europa cultural oficial estarán puestos en dos pequeñas ciudades tan diversas como la capital de Malta, La Valetta, y la ciudad holandesa de Leeuwerden. Y los de Notas libres, también.

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Periodista. Autor del libro “JORGE: encuentros con alguien que no quería ser Papa”, biografía del papa Francisco editado en alemán. Nació en Argentina pero vivió la mayor parte de su vida en Alemania, donde trabajó durante muchos años para la Deutsche Welle, entre otros medios importantes de Europa. Trabajó como traductor e integró el departamento de medios de AFA (Asociación de Fútbol Argentino). Amante de la radio y de la cultura europea. Y aunque no le gusta que lo mencionen, obtuvo un Martín Fierro como mejor corresponsal de radio, cubriendo la caída del Muro de Berlín.