Columna

En Ginebra duermen los cuadros, joyas, vinos y relojes más caros del mundo

Las artes plásticas han pasado a convertirse en los últimos veinte años en una de las inversiones más rentables, en objeto de deseo para multimillonarios excéntricos que ven en los Picasso, Munch, Van Gogh, Modigliani, Gauguin o Miró una forma segura de acrecentar aún más su fortuna especulando con ellas y, de paso, ahorrando impuestos.

Por Miguel Hirsch

¿Qué hacer con “Salvador del mundo” (“Salvator mundi”, en original italiano), pintada al óleo en 1490 por Leonardo da Vinci, y subastada a mediados de noviembre de 2017 en 450 millones de dólares? De este modo, esta pintura se convirtió en el cuadro más caro de la historia. Imposible suponer que su nuevo propietario, cuya identidad por ahora se desconoce, cuelgue el cuadro en las paredes de su casa. Solo se sabe que su antiguo dueño, el empresario ruso Dmitri Rybolóvlev, vendió la obra en 270 millones de dólares.

Las artes plásticas en particular la pintura de los grandes maestros de todas las épocas han pasado a convertirse en los últimos veinte años en una de las inversiones más rentables, en objeto de deseo para multimillonarios excéntricos que ven en los Picasso, Munch, Van Gogh, Modigliani, Gauguin o Miró una forma segura de acrecentar aún más su fortuna especulando con ellas y, de paso, ahorrando impuestos.

Los negocios llaman a los negocios. Por tal motivo, cuando se instaló el auge por comprar las telas de los artistas más codiciados del planeta, surgieron en las principales plazas financieras mundiales como Ginebra, Luxemburgo, Londres, Delaware o Singapur los llamados puertos francos, también conocidos como zonas francas. Estamos hablando de bauleras gigantescas protegidas contra toda clase de cataclismos y de los ojos de los agentes tributarios, construidas en el más resistente de los cementos: donde decenas de guardias y sistemas de seguridad velan por las claves ultrasecretas que conducen hacia lo que en realidad son los museos de arte mejor vigilados y menos visitados del planeta; donde galeristas, coleccionistas y museos del mundo entero guardan temporalmente sus obras, atesoran tres millones de botellas de vino en bodegas especiales o deponen sus ejemplares únicos de relojes suizos.

Ginebra fue la primera ciudad en contar con un puerto franco para el arte, estimándose que el valor de los objetos que allí se guardan u ocultan supera holgadamente los cien mil millones de dólares. Ello explica que se lo conozca como “la cueva de Alí Babá”. Fundada en 1850 como silo de cereales, e instalada desde 1965 en sus actuales locales: esta zona fue creada para que comerciantes y particulares pudieran guardar sus bienes sin pagar derechos de aduana o el impuesto al valor agregado durante el período que durara la guarda.

Desde el punto de vista geográfico, un puerto franco es considerado el interior de un país, aunque en términos tributarios o aduanero son extraterritoriales. Al considerarse que los objetos allí guardados se encuentran en tránsito, pagarán impuestos recién cuando arriben a su destino final. En 2014, la superficie del edificio ginebrino se amplió en 10.000 metros cuadrados, dando trabajo a más de 700 personas. Su superficie total de 120.000 metros cuadrados equivale a la de 20 campos de fútbol. Nuevas ampliaciones están previstas para 2018.

La discreción en uno de los sitios mejor protegidos y más secretos de Europa es moneda corriente, ya que estos lugares sirven para blanquear dinero o disimular obras de arte robadas. No es lo mismo ser el dueño financiero o el propietario real del cuadro más caro del mundo. Jurídicamente hablando, no implican la misma cosa. Ni el mismísimo Yves Bouvier, a quien se conoce en el ambiente como “Mister puerto franco”, sabe quiénes fueron sus clientes. Casi siempre se trataba de sociedades off shore, como las reveladas en las investigaciones periodísticas de los “Panama Papers” o más recientemente “Paradise Papers“.

Por una suma no divulgada, la familia Bouvier acaba de vender Natural Le Coultre, la empresa suiza centenaria de logística, transporte y conservación de obras de arte al transportista francés André Chenue SA, controlado por la familia Da Costa Noble.

Nadie sabe si las obras maestras ocultas en Ginebra son decenas, centenas o miles. Las puertas de cada bodega son resistentes a cualquier explosivo. Una sala especialmente diseñada alberga a varios centenares de matafuegos por cualquier eventualidad. Según informes de prensa creíbles, apenas el 4 por ciento de la clientela del puerto franco de Ginebra habría reservado sus cajas fuertes con nombre y apellido reales. Las gestiones de contratación y guarda en los subsuelos a prueba de bombas nucleares, o las cajas fuerte que sobreviven los desastres naturales, corren por cuenta de bufetes de abogados especializados en esta clase de negocios.

Los puertos francos tienen expertos que los consideran indispensables tanto en el plano artístico, comercial o financiero para la conservación, restauración, exhibición o certificación de las obras que alojan.

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Periodista. Autor del libro “JORGE: encuentros con alguien que no quería ser Papa”, biografía del papa Francisco editado en alemán. Nació en Argentina pero vivió la mayor parte de su vida en Alemania, donde trabajó durante muchos años para la Deutsche Welle, entre otros medios importantes de Europa. Trabajó como traductor e integró el departamento de medios de AFA (Asociación de Fútbol Argentino). Amante de la radio y de la cultura europea. Y aunque no le gusta que lo mencionen, obtuvo un Martín Fierro como mejor corresponsal de radio, cubriendo la caída del Muro de Berlín.