Poesía

Alfonsina Storni: su feminismo en 10 poemas

También conocida por su seudónimo Tao-Lao, la poetisa argentina, autora de referencia para el feminismo, tanto por su vida como por su obra. Repasamos 10 de sus poemas como herencia a los derechos de las mujeres y la igualdad de género

La obra de Alfonsina Storni tienen un tinte feminista con un carácter singular de la época, sus versos colmados de un romanticismo oscuro, llenos de dramatismo y lucha que rompía el molde tradicional. En 1916 publicó su primer libro La inquietud del rosal; sin embargo, aquél poemario no tuvo una buena aceptación, incluso en las mujeres.

La poetisa feminista nació un día como hoy: el 29 de mayo de 1892 en Capriasca, Suiza. Partió voluntariamente el 25 de octubre de 1938. Quizá por eso la conozcan más por su muerte que por su vida. Y aunque casi todos recuerdan o saben de su trágica muerte, se trata de una mujer que fue mucho más que ese amargo final en las aguas de Mar del Plata.

Por ello, los invitamos a repasar algunas de sus obras, como herencia que la poetisa le dejó al feminismo.

 

La loba

Yo soy como la loba.

Quebré con el rebaño

Y me fui a la montaña

Fatigada del llano.

Yo tengo un hijo fruto del amor, de amor sin ley,

Que no pude ser como las otras, casta de buey

Con yugo al cuello; ¡libre se eleve mi cabeza!

Yo quiero con mis manos apartar la maleza.

Mirad cómo se ríen y cómo me señalan

Porque lo digo así: (Las ovejitas balan

Porque ven que una loba ha entrado en el corral

Y saben que las lobas vienen del matorral).

¡Pobrecitas y mansas ovejas del rebaño!

No temáis a la loba, ella no os hará daño.

Pero tampoco riáis, que sus dientes son finos

¡Y en el bosque aprendieron sus manejos felinos!

No os robará la loba al pastor, no os inquietéis;

Yo sé que alguien lo dijo y vosotras lo creéis

Pero sin fundamento, que no sabe robar

Esa loba; ¡sus dientes son armas de matar!

Ha entrado en el corral porque sí, porque gusta

De ver cómo al llegar el rebaño se asusta,

Y cómo disimula con risas su temor

Bosquejando en el gesto un extraño escozor…

Id si acaso podéis frente a frente a la loba

Y robadle el cachorro; no vayáis en la boba

Conjunción de un rebaño ni llevéis un pastor…

¡Id solas! ¡Fuerza a fuerza oponed el valor!

Ovejitas, mostradme los dientes. ¡Qué pequeños!

No podréis, pobrecitas, caminar sin los dueños

Por la montaña abrupta, que si el tigre os acecha

No sabréis defenderos, moriréis en la brecha.

Yo soy como la loba. Ando sola y me río

Del rebaño. El sustento me lo gano y es mío

Donde quiera que sea, que yo tengo una mano

Que sabe trabajar y un cerebro que es sano.

La que pueda seguirme que se venga conmigo.

Pero yo estoy de pie, de frente al enemigo,

La vida, y no temo su arrebato fatal

Porque tengo en la mano siempre pronto un puñal.

El hijo y después yo y después… ¡lo que sea!

Aquello que me llame más pronto a la pelea.

A veces la ilusión de un capullo de amor

Que yo sé malograr antes que se haga flor.

Yo soy como la loba,

Quebré con el rebaño

Y me fui a la montaña

Fatigada del llano.


Canción de la mujer astuta

Cada rítmica luna que pasa soy llamada,
por los números graves de Dios, a dar mi vida
en otra vida: mezcla de tinta azul teñida;
la misma extraña mezcla con que ha sido amasada.

Y a través de mi carne, miserable y cansada,
filtra un cálido viento de tierra prometida,
y bebe, dulce aroma, mi nariz dilatada
a la selva exultante y a la rama nutrida.

Un engañoso canto de sirena me cantas,
¡naturaleza astuta! Me atraes y me encantas
para cargarme luego de alguna humana fruta.

Engaño por engaño: mi belleza se esquiva
al llamado solemne; de esta fiebre viva,
algún amor estéril y de paso, disfruta.


Tú me quieres blanca

Tú me quieres alba,
me quieres de espumas,
me quieres de nácar.
Que sea azucena
Sobre todas, casta.
De perfume tenue.
Corola cerrada .

Ni un rayo de luna
filtrado me haya.
Ni una margarita
se diga mi hermana.
Tú me quieres nívea,
tú me quieres blanca,
tú me quieres alba.

Tú que hubiste todas
las copas a mano,
de frutos y mieles
los labios morados.
Tú que en el banquete
cubierto de pámpanos
dejaste las carnes
festejando a Baco.
Tú que en los jardines
negros del Engaño
vestido de rojo
corriste al Estrago.

Tú que el esqueleto
conservas intacto
no sé todavía
por cuáles milagros,
me pretendes blanca
(Dios te lo perdone),
me pretendes casta
(Dios te lo perdone),
¡me pretendes alba!

Huye hacia los bosques,
vete a la montaña;
límpiate la boca;
vive en las cabañas;
toca con las manos
la tierra mojada;
alimenta el cuerpo
con raíz amarga;
bebe de las rocas;
duerme sobre escarcha;
renueva tejidos
con salitre y agua:

Habla con los pájaros
y lévate al alba.
Y cuando las carnes
te sean tornadas,
y cuando hayas puesto
en ellas el alma
que por las alcobas
se quedó enredada,
entonces, buen hombre,
preténdeme blanca,
preténdeme nívea,
preténdeme casta.


Van pasando mujeres

Cada día que pasa, más dueña de mí misma,

sobre mí misma cierro mi mirada interior;

en medio de los seres la soledad me abisma.

Ya ni domino esclavos ni tolero señor.

Ahora van pasando mujeres a mi lado

cuyos ojos trascienden la divina ilusión.

El fácil paso llevan de un cuerpo aligerado:

se ve que poco o nada les pesa el corazón.

Algunas tienen ojos azules e inocentes;

van soñando embriagadas, los pasos al azar;

la claridad del cielo se aposenta en sus frentes

y como son muy finas se les oye soñar.

Sonrío a su belleza, tiemblo por sus sueños;

el fino tul de su alma, ¿quién lo recogerá?

Son pequeñas criaturas, mañana tendrán dueños,

y ella pedirá flores…, y él no comprenderá.

Les llevo una ventaja que place a mi conciencia:

los sueños que ellas tejen no los supe tejer,

y en mis manos ignorantes no perdí mi inocencia.

Como nunca la tuve, no la pude perder.

Nací yo sin blancura; pequeña todavía

el pequeño cerebro se puso a combinar;

cuenta mi pobre madre que, como comprendía,

yo aprendí temprano la ciencia de llorar.

Y el llanto fue la llama que secó mi blancura

en las raíces mismas del árbol sin brotar,

y el alma está candente de aquella quemadura.

¡Hierro al rojo mi vida! ¿Cómo pude durar?

Alma mía, la sola; tu limpieza, escondida

con orgullo sombrío, nadie la arrullará;

si en música divina fuera el alma dormida,

el alma, comprendiendo, no despertara ya.

Tengo sueño mujeres, tengo un sueño profundo.

Oh, humanos, en puntillas el paso deslizad;

mi corazón susurra: me haga silencio el mundo,

y mi alma musita fatigada: ¡callad!…


 

Hombre pequeñito

Hombre pequeñito, hombre pequeñito,
Suelta a tu canario que quiere volar…
Yo soy el canario, hombre pequeñito,
déjame saltar.
Estuve en tu jaula, hombre pequeñito,
hombre pequeñito que jaula me das.
Digo pequeñito porque no me entiendes,
ni me entenderás.
Tampoco te entiendo, pero mientras tanto
ábreme la jaula que quiero escapar;
hombre pequeñito, te amé media hora,
no me pidas más.


El clamor

Alguna vez, andando por la vida,
por piedad, por amor,
como se da una fuente, sin reservas,
yo di mi corazón.

Y dije al que pasaba, sin malicia,
y quizá con fervor:
-Obedezco a la ley que nos gobierna:
He dado el corazón.

Y tan pronto lo dije, como un eco
ya se corrió la voz:
-Ved la mala mujer esa que pasa:
Ha dado el corazón.

De boca en boca, sobre los tejados,
rodaba este clamor:
-¡Echadle piedras, eh, sobre la cara;
ha dado el corazón!

Ya está sangrando, sí, la cara mía,
pero no de rubor,
que me vuelvo a los hombres y repito:
¡He dado el corazón!


La que comprende

Con la cabeza negra caída hacia adelante

Está la mujer bella, la de mediana edad,

Postrada de rodillas, y un Cristo agonizante

Desde su duro leño la mira con piedad.

En los ojos la carga de una enorme tristeza,

En el seno la carga del hijo por nacer,

Al pie del blanco Cristo que está sangrando reza:

-¡Señor, el hijo mío que no nazca mujer!


Las grandes mujeres

En las grandes mujeres reposó el universo.
Las consumió el amor, como el fuego al estaño,
a unas; reinas, otras sangraron su rebaño.
Beatriz y Lady Macbeth tienen genio diverso.

De algunas, en el mármol, queda el seno perverso.
Brillan las grandes madres de los grandes de antaño.
Y es la carne perfecta, dadivosa del daño.
Y son las exaltadas que entretejen el verso.

De los libros las tomo como de un escenario
fastuoso -¿Las envidias, corazón mercenario?
Son gloriosas y grandes, y eres
nada, te arguyo.

-Ay, rastreando en sus alas,
como en selvas las lobas,
a mirarlas de cerca me bajé a
sus alcobas
y oí un bostezo enorme que se
parece al tuyo”.


La inquietud del rosal

El rosal en su inquieto modo de florecer

va quemando la savia que alimenta su ser.

¡Fijaos en las rosas que caen del rosal;

tantas son que la planta morirá de este mal!

El rosal no es adulto y su vida impaciente

se consume al dar flores precipitadamente.


Pudiera ser

Pudiera ser que todo lo que en verso he sentido
no fuera más que aquello que nunca pudo ser,
no fuera más que algo vedado y reprimido
de familia en familia, de mujer en mujer.

Dicen que en los solares de mi gente, medido
estaba todo aquello que se debía hacer…
Dicen que silenciosas las mujeres han sido
de mi casa materna… Ah, bien pudiera ser…

A veces en mi madre apuntaron antojos
de liberarse, pero, se le subió a los ojos
una honda amargura, y en la sombra lloró.

Y todo esto mordiente, vencido, mutilado,
todo esto que se hallaba en su alma encerrado,
pienso que sin quererlo lo he libertado yo.

✉ COMENTARIOS

1 COMMENTS

LEAVE A RESPONSE

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

Redacción Notas Libres