Un relato en primera persona
Historias Mientras tanto

La noche que cayó el Muro

Miguel Hirsch estuvo en Berlín aquel 9 de noviembre de 1989. Ese día, luego de 28 años de estar dividido, el mapa de Alemania volvía a unificarse. “El día más feliz” de la historia del pueblo alemán empezaba a construirse tras la caída del emblemático Muro de Berlín, construido luego de la Segunda Guerra Mundial. Una crónica que intenta explicar en primera persona cómo vivió el mundo este fenómeno a 28 años de su caída.

Por Miguel Hirsch

Aquel jueves 9 de noviembre de 1989 debía redactar y leer el boletín de noticias en español de la radio alemana para el exterior “Deutsche Welle“, mi empleador de entonces. Emitíamos desde un edificio de 31 pisos, el más alto en la ciudad de Colonia, distante a unos 550 kilómetros de Berlín Occidental. El programa, en ese horario, iba dirigido a nuestros oyentes españoles; a partir de la medianoche, y por espacio de cinco horas ininterrumpidas, transmitíamos hacia América Latina. La jornada al igual que las anteriores había estado, informativamente hablando, muy cargada. Una semana atrás, el 2 de noviembre, más de 10.000 personas se habían pronunciado en las calles a favor de reformas políticas en cuatro ciudades de la ex República Democrática Alemana (RDA). Algo jamás visto antes. Dos días más tarde, en Alexanderplatz, la gran plaza de su capital Berlín Este, se habían congregado entre 250.000 y 500.000 personas con el mismo reclamo, aunque también se realizaron protestas menores en más de 40 localidades de todo el país.

El 13 de agosto de 1961, sus autoridades decidieron poner freno a la sangría de ciudadanos que escapaban hacia Alemania Occidental en busca de mayores libertades y posibilidades de desarrollo personal. Pusieron las primeras piedras de lo que pronto se convertiría en el muro más infranqueable en la historia de la humanidad, con una extensión de 156 kilómetros rodeando a toda la ciudad de Berlín Occidental. En su intento por desafiarlo, perdieron la vida 139 personas. Otras 5075 consiguieron atravesar el muro con recursos muchas veces rocambolescos.

Los acontecimientos se precipitaban. Cada diez minutos se actualizaba la información. La RDA hervía. A las seis de la tarde de aquel 9 de noviembre daba comienzo una conferencia de prensa internacional con sus máximas autoridades. Se transmitió por cadena nacional, en radio y televisión. Durante casi una hora, las declaraciones respondieron al tedio anodino propio de los guiones mediáticos que los gobernantes comunistas tan bien manejaban en cualquier país del Este europeo.

A las 18:58 los periodistas que colmaban el salón quedaron petrificados.
El portavoz del Comité Central del Partido Comunista de la RDA, Günter Schabowski, anunciaba que “cualquier ciudadano de la RDA podría abandonar el país a través de cualquier punto fronterizo”.
El Muro de Berlín había caído. El estupor se apoderó del mundo, cuyo rostro a partir de ese momento comenzaría a ser otro. La noticia se apoderó de la calle. Miles y miles de berlineses se precipitaron sobre el control fronterizo situado en la calle Bornholm. Allí comenzó el fin de la Guerra Fría, el final de la utopía socialista, el principio del fin de los regímenes comunistas en el Este europeo, la desaparición de la Unión Soviética, el nacimiento de la globalización. La primera e inmediata consecuencia fue la reunificación de los dos Estados alemanes, que comenzó a gestarse esa misma noche. La historia del siglo XX empezaba a reescribirse.

Sabíamos que por esas horas “Deutsche Welle” era el medio alemán elegido en el mundo por millones de personas que, en sus lenguas, buscaban información objetiva, certera y equilibrada de los acontecimientos que ocurrían en la RDA. Sin embargo, y mientras en las redacciones del planeta explotaban los teléfonos y los teletipos no paraban de enviar una noticia urgente tras la otra, en Colonia el frenesí de aquéllos minutos se vivía a otro ritmo. Para nosotros, el muro no había caído hasta no recibir la luz verde del Ministerio alemán de Relaciones Exteriores en Bonn oficializando su desaparición. Deutsche Welle nunca fue un medio gubernamental. Era y sigue siendo una emisora de derecho público. Sus recursos financieros en aquella época eran suministrados en un 90 por ciento, precisamente, por el Ministerio de Relaciones Exteriores.

“En el mientras tanto, había recibido un llamado desde Radio del Plata de Buenos Aires: “En cuanto termines, viajá como puedas a Berlín”, fue la consigna de los productores de esa emisora, para la cual colaboraba regularmente como corresponsal desde Alemania”.

Se acercaba el informativo de las 21, y desde la redacción central de noticias —que alimentaba de información a una estación de radio que en esos tiempos transmitía en 34 idiomas y empleaba a 1400 personas—, se buscaba la manera de formular encapsuladamente lo que llevaba un buen rato dando la vuelta al mundo.

En el mientras tanto, había recibido un llamado desde Radio del Plata de Buenos Aires: “En cuanto termines, viajá como puedas a Berlín”, fue la consigna de los productores de esa emisora, para la cual colaboraba regularmente como corresponsal desde Alemania. Llegó la hora del informativo para España, y oficialmente para la Deutsche Welle el Muro de Berlín seguía de pie, pese a que las primeras imágenes ya recorrían las pantallas de televisión. La agencia Associated Press (AP) fue la primera, a las 19:05 (hora alemana), en difundir la información de que la RDA había abierto sus fronteras. Deutsche Presse Agentur (dpa), la agencia alemana de prensa, recién lo hizo a las 19:41. El despacho urgente rezaba: “La frontera con la RDA está abierta”. La ética profesional se impuso por encima de cualquier otra consideración, y los españoles se convirtieron en los primeros oyentes de Deutsche Welle en enterarse, sin eufemismos, de lo que estaba sucediendo en Berlín. Improvisé buena parte del boletín. No recibí sanciones ni amonestaciones.

A las 21:30 ya me encontraba en el aeropuerto de Colonia/Bonn.
En ese entonces, no existían internet, ni el fax, ni los celulares.
Las comunicaciones eran una lotería. Comenzaba la verdadera odisea periodística. Sin dinero en el bolsillo ni vuelos de las tres compañías de aviación de los países aliados que volaban hacia Berlín Occidental —British Airways, Air France y Pan American—, me dirigí directamente al hangar de taxis aéreos. Tuve la suerte, no solamente de encontrar mostradores con personal que atendiera, sino pilotos que entendieran y se condescendiera con mi situación y el momento histórico que estaban viviendo los alemanes. Y la situación y el momento de Hans, el piloto de la bimotor, que quiso participar.

Pagué el viaje con mi tarjeta de crédito rogando recuperar ese dinero —lo que ocurrió sin dificultades— y a las 22:00 ya estábamos en el aire, probablemente en uno de los primeros vuelos desde 1945 que no hubo que anunciar días o semanas antes su autorización para sobrevolar territorio de la República Democrática Alemana. Su espacio aéreo ya estaba bajo el control de los germano- occidentales. Mi herramienta de trabajo fue un teléfono Motorola que venía en una valijita desde donde se cargaba la bateria. El modelo se conoció aquí bajo el genérico Movicom.

Minutos después de la medianoche alemana, cuatro horas menos en Argentina, comencé a narrarle a la audiencia de Del Plata el clima de algarabía que se vivía en las calles de Berlín. Relaté escenas de reencuentros entre familiares y amigos con la voz temblorosa de emoción, entrevisté con traducción simultánea a decenas de personas, traté de transmitir a los oyentes la singularidad de aquel momento, puse en el aire a periodistas y fotográfos internacionales para que compartieran sus impresiones. Fue una noche de vértigo. “Esto es increíble, de locos”, fue la frase en boca de miles y miles de berlineses a un lado y otro de la ciudad abrazándose. Aunque el espumante corría por hectolitros, no podía permitirme esa noche beber ni una sola gota. “Somos un solo pueblo”, fue otra de las más escuchadas.

A las 6 de la mañana inicié mi viaje hacia el aeropuerto de Tegel.
Debía descansar un par de horas, regresar por la tarde a trabajar en Colonia con una mochila de impresiones e instantáneas que me llevó años comprender. Es que la caída del Muro de Berlín también dejó por los suelos a millones de alemanes del Este que sin preaviso debieron aprender a convivir bajo las leyes del capitalismo. Analizar esas consecuencias excedería esta crónica de aquellas históricas horas que le cambiaron el perfil al mundo.

Puedo decir que estuve allí mientras todo ocurría. Que lo viví. Incluso, que lo narré y comenté “en vivo y en directo”, como se decía por esos lejanos tiempos.

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Periodista. Autor del libro “JORGE: encuentros con alguien que no quería ser Papa”, biografía del papa Francisco editado en alemán. Nació en Argentina pero vivió la mayor parte de su vida en Alemania, donde trabajó durante muchos años para la Deutsche Welle, entre otros medios importantes de Europa. Trabajó como traductor e integró el departamento de medios de AFA (Asociación de Fútbol Argentino). Amante de la radio y de la cultura europea. Y aunque no le gusta que lo mencionen, obtuvo un Martín Fierro como mejor corresponsal de radio, cubriendo la caída del Muro de Berlín.