Placeres

Minimalismo: tener menos para ser feliz

Para los minimalistas, menos es más, en todos los sentidos en que realmente importa.

Quienes transitaron la experiencia de renunciar a la imperiosa necesidad de consumir y consiguieron desprenderse de muchos objetos que les pertenecían, aseguran que fue un proceso liberador. Hace tiempo que en los países del primer mundo se observa entre personas de todas las generaciones, orígenes y nivel social, una tendencia creciente a medida que pasan los años de conformarse con lo estrictamente necesario. En esos países, un ciudadano promedio posee alrededor de diez mil objetos. El minimalismo propone y pregona una reducción a lo esencial. Para unos será una notebook de última generación. La gran mayoría necesitará de un botiquín de primeros auxilios, de platos, cubiertos, vasos, algunas prendas de vestir cualitativamente buenas que combinen unas con otras, artículos de aseo personal. No cuenta la cantidad sino la calidad. La filosofía del minimalismo abarca también la noción de no tener que trabajar para mantener o solventar los objetos poseídos ni gastar energías para adquirirlas o mantenerlas.

Reducirse a lo necesario también significa vivir en espacios amplios, con pocos o ningún mueble, y tener la libertad de adaptar esos lugares según los deseos del momento. El minimalismo también puede ser la consecuencia de tener que vivir con menos recursos. Sería el caso, por ejemplo, de los adultos mayores cuya jubilación no les resulta suficiente. Pero el verdadero boom minimalista se está observando en la generación que nació y creció con la digitalización. Netflix, Uber o Spotify hacen posible prescindir de un televisor, un vehículo o de CDs. Además del desprendimiento de los objetos materiales, los adeptos a este estilo de vida buscan disfrutar el tiempo libre mediante experiencias intensas en lo personal y desaceleradoras en lo espiritual. Una tesis realizada en 2009, en el departamento de psicología dependiente de la Universidad de San Francisco por Paulina Pchelin y Ryan T. Howell, demostró que la gente valora más gastar su dinero en experiencias que en bienes materiales. La filosofía de vida minimalista pasa, también, por la noción de llevar una vida más distendida.

¿Se puede llevar un estilo de vida minimalista, vivir con lo justo y necesario? Los críticos de esta forma de vida argumentan que solo es posible hacerlo cuando se es joven y soltero. Sin embargo, cada vez más parejas y familias están cambiando su vida urbana por la rural, adoptando a consciencia aspectos de la filosofía minimalista. En los Estados Unidos, donde nació esta corriente denominada LOVOS (Lifetyle of Voluntary Simplicity) en inglés, hay una gran cantidad de bloggers que narran sus experiencias sirviendo de ejemplo a sus emuladores europeos y de un tiempo a esta parte también latinoamericanos. Minimalistas no necesariamente son personas que, por principio, sean abstemias al consumo. Algunos tienen por regla apuntar el deseo de adquirir un bien en un cuaderno. Si siete, treinta y noventa días más tarde el impulso consumista logró ser controlado es interpretado como una señal de prescindencia.  

Minimalismo es mucho más que un armario vacío. Es un largo proceso que consiste en despojarse de las falsas ilusiones y los impulsos espontáneos que todos alguna vez tuvimos de tener que comprar algo aquí y ahora. Por ejemplo, cuando decidimos entrar en una tienda de baratijas. La economía o consumo colaborativo, que en realidad comenzó a imponerse en la década de los ochenta como una respuesta ante la necesidad de cuidar los recursos del planeta, le está dando un impulso adicional a la filosofía minimalista. La posibilidad de compartir desde una vivienda hasta un automóvil es una alternativa que facilita enormemente la decisión de compra de un bien de consumo durable. Compartir se ha convertido en la nueva forma de consumir.

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Periodista. Autor del libro “JORGE: encuentros con alguien que no quería ser Papa”, biografía del papa Francisco editado en alemán. Nació en Argentina pero vivió la mayor parte de su vida en Alemania, donde trabajó durante muchos años para la Deutsche Welle, entre otros medios importantes de Europa. Trabajó como traductor e integró el departamento de medios de AFA (Asociación de Fútbol Argentino). Amante de la radio y de la cultura europea. Y aunque no le gusta que lo mencionen, obtuvo un Martín Fierro como mejor corresponsal de radio, cubriendo la caída del Muro de Berlín.